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sábado, 29 de junio de 2013

La vida, vista desde la esquina más oscura al final de la barra de un bar, tiene matices imperceptibles para aquellos que no han bebido lo suficiente para ver con la claridad con la que ven los borrachos en el tugurio más lúgubre de la cuidad. Suena a paradoja, pero tras perder la cuenta de los litros de tequila que podrían correr por mis arterias, la vida dejo de parecerme tan difícil de descifrar. O simplemente, deje de intentar hacerlo. 
Me limite a observar como otros decidían destrozarse -o arreglarse- las vidas de la misma manera que yo había elegido. Me entretenía imaginando cuales eran sus razones, como estrategia para olvidar las mías, y creyendo que ellos hacían lo mismo conmigo. Pero, ¿qué podían saber ellos sobre mi vida? Nada. Lo mismo que sabía yo de ellos, lo mismo que seguramente tuviéramos en común. 
Es deprimente pensar la de motivos que hacen que una persona acabe necesitando buscar lo que ha perdido en el último lugar en el que sería posible encontrarlo.
Quizá el hombre de enfrente haya pillado a su mujer en la cama con otro, quizá su borrachera sólo sea una forma de manifestar la rabia que supone tener que ceder a otro lo que quieres.
Quizá aquella mujer haya sufrido otro aborto prematuro, y está intentando llenar el vacío de una vida con una resaca del quince.
Quizá aquel anciano esté cansando de vivir, y sólo quiera acabar su vida sin acordarse de su pasado y sin enterarse de cómo acabó.
Me detengo a mirar a una pareja sentada en una mesa a mi lado. Están callados. No hablan. No sonríen. No se miran. Ella coge su copa, y apura el fondo del vaso de un trago. Él le quita el vaso de la mano y lo apoya sobre la mesa:
"-¿Quieres dejar de portarte cómo una cría y hablarme?"
Los ojos de la chica brillan. Incluso en aquella habitación sin luz es imposible no darse cuenta de que ha llorado:
"-Creo que ya no nos queda nada de lo que hablar"
Una lágrima la delata, o quizá la forma en que la tiembla la voz. No es sólo que no tenga que de que hablar, es que se muere por hacerlo, pero no sabe por donde empezar. Estúpida. El chico se acerca, la levanta la barbilla buscando sus ojos:
"Gilipollas, ¿no entiendes que te quiero?"
Entonces se besan, y parece que el resto del mundo hubiera desaparecido para ellos en ese momento. Sólo existen ellos. Bueno, y yo, un mera violadora de su intimidad, que los admira y los envidia. Que los entiende mejor de lo que se entienden ellos mismos. Ellos se giran hacía mí. Mierda, he suspirado demasiado alto, me he delatado a mi misma. Apuro el culo de la última cerveza, pago mi cuenta y la de la pareja y salgo del bar, tambaleándome como puedo.
La calle está más iluminada que el bar, culpa de la luna o quizá de las farolas, quien sabe, yo no distingo. Todos los comercios están cerrados, pero no tengo ni idea de que hora aproximada puede ser. Pero estoy segura de que para mí ya es tarde, que él ya estará durmiendo. O no, quizá también haya salido a buscarme en la barra de un bar. No, es demasiado estúpido, él nunca haría eso por mí.
Y sin embargo, allí estoy yo, perdiendo el dinero, el tiempo y la cabeza por alguien que ni siquiera estará soñando conmigo.
Estoy borracha, pero ya no sé si es de alcohol o de amor. 
Cojo el móvil. Un último mensaje antes de borrar su número para siempre: "Gilipollas, ¿no entiendes que te quiero?"

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Podría decir tantas cosas que al final me quedo sin nada que decir. Siempre es lo mismo, mil historias que repiten el final. Y aún teniendo la certeza, siempre ansiamos escuchar otra historia para saber si habrá algún desvío de palabras, o un doble sentido, que de la vuelta a todo lo que conocíamos.