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domingo, 30 de junio de 2013

Cierra la puerta de su habitación, apaga la luz y se mete bajo el edredón. Intenta dormir con los ojos cerrados, pero su mente está demasiado abierta. Se gira hacia el otro lado de la cama instintivamente, pero no encuentra lo qué está buscando, a quién está buscando. 
Se asoma a la ventana y enciende otro cigarro, el sexto o quizá el séptimo de la tarde. Mira hacía el horizonte, tan lejos que parece que podría tocarlo. Casi como él. Él es su horizonte. 
Aplasta la colilla sobre el alfeizar de la ventana, y se dice a sí misma que ese será el último, que es muy triste tratar de sustituir llenarse de besos con nicotina. 
Aunque al fin y al cabo, no sabe cual es peor forma de morir.
Y él ya no está para matarla con cada ataque de cosquillas, o con su sonrisa, o con cada una de esas veces que se entretenía escribiendo historias en su espalda. 
Lo único que le queda de él son viejos recuerdos congelados en fotografías que no deja de mirar una y otra vez. 
Alcanza una vez más el mechero. Sería tan fácil quemarlo todo. Convertir en cenizas el pasado. Pero no, esta noche no. 


Vuelve a meterse en la cama, intentando entender porque se siente tan fría en pleno verano.

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Podría decir tantas cosas que al final me quedo sin nada que decir. Siempre es lo mismo, mil historias que repiten el final. Y aún teniendo la certeza, siempre ansiamos escuchar otra historia para saber si habrá algún desvío de palabras, o un doble sentido, que de la vuelta a todo lo que conocíamos.