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miércoles, 14 de septiembre de 2011

La mayoría de los adolescentes ocupan el 95% de su cabeza preguntándose cómo será eso del amor y cuando les tocará a ellos. Con quién harán por primera vez el amor, y no sólo el sexo. Quién será la persona que más daño les hará, y con quién acabarán compartiendo la manta una tarde de invierno.
No les preocupa más, todo lo demás ya lo saben, o carece de importancia para  ellos.
Y entonces entro yo, la excepción por excelencia. 
Claro que me preocupa pensar si algún día vestiré de blanco, y si tirarán arroz sobre mi cabeza, y claro que me preocupa pensar que quizás no haya nadie hecho para mí.
Pero me preocupa más pensar que voy a hacer mañana, e incluso me preocupa más si alguien me considerará tan buena amiga como para dejarme ser su dama de honor o la madrina de sus hijos.
Tengo 15 años, y todavía no sé ni lo que quiero en realidad. 
Tengo 15 años, y no quiero empezar a malgastar mi tiempo pensando en como decoraré mi casa, ni en que color compraré el sofá en el que estancaré mi vida. Es más, no quiero malgastar mi tiempo así, jamás.
Lo siento si soy diferente al resto, si no me gusta planear las cosas, pero he aprendido que puedes desear todo lo que quieras, que la vida siempre te tendrá preparado algo distinto.
Y en serio, no sé si sé lo que quiero. Le quiero a él, pero quien sabe si él me querrá. Quiero vivir cerca del mar, pero quien sabe si mañana no querré escalar el Everest.
Repito, tengo 15 años, y me niego a empezar a hipotecar mi vida, para pasarme el tiempo pagando deudas que no valen nada.

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Podría decir tantas cosas que al final me quedo sin nada que decir. Siempre es lo mismo, mil historias que repiten el final. Y aún teniendo la certeza, siempre ansiamos escuchar otra historia para saber si habrá algún desvío de palabras, o un doble sentido, que de la vuelta a todo lo que conocíamos.