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sábado, 6 de agosto de 2011

Hay cosas que es mejor perder


Me recuerdas al príncipe del cuento, que galopa a lomos de su caballo, buscando a su princesa. Es valiente, se le olvida que le tiene miedo a las alturas, que la velocidad le produce dolor de cabeza. No piensa en el dolor que produce estar trotando durante horas, porque no tiene comparación con lo que supone un corazón abollado por los golpes. Y resulta que ella es la única que puede hacerle algo a su corazón.  
Y así es como el príncipe ladea montañas, atraviesa océanos a nado, lucha contra dragones, duerme sobre piedras, empieza a envejecer de hambre y a perder el norte.
Pasan días, semanas, años, décadas,  puede que hasta algún siglo. Y cuando finalmente encuentra a su princesa, ella se ha enamorado de un campesino porque la gusta eso de llevarle la contraria a las normas y quiere sufrir un amor imposible; un amor tan difícil que todo el que escucha sobre él quiere saber como es.
El príncipe vuelve desilusionado a su castillo y se encierra en su habitación. Descuida su aspecto, su reino, desperdicia su tiempo. Se dice que ya ha perdido tanto que lo demás no importa. Ha derrotado a los brazos más bravos y se ha visto vencido por algo tan débil como el corazón humano.
Y mientras él escucha las campanas sonar, día tras día, en alguna parte del mundo hay alguien suspirando, esperando que la salven de la soledad, quizá esperando un príncipe con el corazón roto que necesite rehacer su vida.

Hagas lo que hagas, siempre habrá algo que salga mal y te haga daño, sólo hay que encontrar a alguien por quien merezca la pena sufrir. 

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Podría decir tantas cosas que al final me quedo sin nada que decir. Siempre es lo mismo, mil historias que repiten el final. Y aún teniendo la certeza, siempre ansiamos escuchar otra historia para saber si habrá algún desvío de palabras, o un doble sentido, que de la vuelta a todo lo que conocíamos.