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jueves, 10 de febrero de 2011

Lluvia en las pestañas

Camina a trompicones, escondiéndose detrás de columnas infranqueables, enfríando el aire con su silencio. Se para a mirarse las heridas. 
Sí que tiene. Tiene muchas, aunque lo niege y se empeñe en esconderlas.
Se reprocha a sí misma el meter la cabeza entre las piernas y así, acaparar su dolor.
¿Pero qué va ha hacer? Le molesta mirar hacia la luz. Es normal después de que te hayas acostumbrado a la soledad.
Teme levantarse con demasiada furia y acabar perdiendo el equilibrio.
Teme secarse las lágrimas y seguir viéndose pequeña. 
De nada sirve gritar cuando tu voz se ha quedado sin fuerza. De nada sirve correr si luego no vas a poder frenar. 
Y ya es humillante poner una sonrisa de suficiencia, lo bastante falsa como para engañar a todos los que te miren. No necesita más, ya tiene demasiadas razones por las que llorar.
Desearía dejar de cerrarse en banda a la realidad, pero eso supondría abrir los ojos y afrontarse.

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Podría decir tantas cosas que al final me quedo sin nada que decir. Siempre es lo mismo, mil historias que repiten el final. Y aún teniendo la certeza, siempre ansiamos escuchar otra historia para saber si habrá algún desvío de palabras, o un doble sentido, que de la vuelta a todo lo que conocíamos.