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sábado, 1 de enero de 2011

Yo no estoy para arreglar lo que otros rompen, porque yo también se partir las cosas por la mitad, o dejarlas medio hechas. No soy una herramienta que puedas usar cuando te venga en gana, ni soy, ni mucho menos, de usar y tirar. Y no, no voy a repetir esa frase que quieres oirme decir, esa que enfrandece mi ego y le das puntos a tus principios. No, no soy mejor que tú. Tú tampoco eres mejor que yo.

Así que, no me vengas a contar fantasías de que sin mí el Sol no sale por las mañanas, de que la luna por las noches se lo está empezando a creer. Pertenecen a la correa de mentiras que antes no me atrevía a romper. Pero mírala ahora, rota en millones de palabras que salían de tu boca como el aire. Palabras que en una frase resultaban agradables. Palabras que por separado no valen una mierda.
Dejándo las cosas desde el principio claras, vete a llorarle a otra perra. Regala a otra el dulce placer de un te quiero y sabotéala a los dos días con un puto adiós, ya que no sabes decir más. Claro, se te gasta el vocabulario, y como las pilas necesitas recargarte,  para volver a la semana cantando un me equivoque.
Pero ya está. Puedes tener un culo de infarto, un cuerpo para untar pan, unos ojos más apetecibles que el mar, una sonrisa que tiene su propia órbita y unos labios que parecen de todo menos de este mundo, pero para mí, eres de todo, menos atractivo.

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Podría decir tantas cosas que al final me quedo sin nada que decir. Siempre es lo mismo, mil historias que repiten el final. Y aún teniendo la certeza, siempre ansiamos escuchar otra historia para saber si habrá algún desvío de palabras, o un doble sentido, que de la vuelta a todo lo que conocíamos.