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martes, 11 de enero de 2011

Y el Oscar es para...

Hora de la función. Otro papel que toca interpretar. Ponte en tu lugar, ahí, justo debajo del foco. Protagonista de la historia, otra vez.
 Ahora calienta la garganta, alza la voz, que sólo se te puede oir a ti.
¿Pero que haceis? Apagad todas las luces menos la suya, que ella es la principal, la única que importa.
Lee tus frases, memorízalas, recítalas. No te cuesta mucho, has fingido ser otra persona ya muchas veces.
Práctica las anotaciones. Alza más la barbilla, que todavía no se te ha pasado el ego de la garganta.
Todos en sus puestos, empieza la función. Acción.
Bravo. Grandísima. Creible del todo.
Apagen los focos, dejen libre la sala, que ella quiere disfrutar de los aplausos que ya han dejado de sonar. Ella lo sigue oyendo porque ella, ella es la mejor.

Pero querida, la actuación ha terminado. Deja de actuar, te toca representarte a ti misma.
Aunque por supuesto, tú ya no sabes quien eres, porque llevas toda tú vida actuando.
Toda tú vida siendo como un espejo, haciendo ver a los demás lo que querían ver.
O toda tú vida haciendo cualquier cosa para conseguir llegar hasta donde querías llegar, ya fuese pisando cabezas o dando puñaladas por la espalda.

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Podría decir tantas cosas que al final me quedo sin nada que decir. Siempre es lo mismo, mil historias que repiten el final. Y aún teniendo la certeza, siempre ansiamos escuchar otra historia para saber si habrá algún desvío de palabras, o un doble sentido, que de la vuelta a todo lo que conocíamos.