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martes, 4 de enero de 2011

Son exactamente las 22:56 de las noches y acabas de salir de mi habitación. Trepas hacia abajo entre las ramas de un árbol que tuvo la culpa de nacer demasiado cerca de mi ventana. Acabas de irte y ya te echo de menos. Será que tu olor no se ha ido contigo y me hace añorar a cada segundo lo que podría ser una vida sentada frente a ti, disfrutando de las vistas. Sí, definitivamente, esa es la vida que quiero.
Ahora estás ahí, bajo mi ventana, despidiéndote con una mano, corriendo hacia tu coche, porque hace frío, porque tus padres pueden entrar en tu habitación y ver que no estás, ... por mil razones más que se resumen en que eres tan feliz que quieres ir deprisa para no perderte nada.
Dentro de una hora estarás conectado al ordenador y volveremos a empezar, como si no nos hubieramos visto desde hace tiempo, aunque hayamos pasado toda la tarde juntos. Hablaremos sobre tonterías, lo más estúpido del mundo será nuestro tema de conversación. Contaremos las estrellas que se ven desde nuestra habitación, a ver quien gana. Buscaremos entre los cajones recuerdos olvidados, beberemos botellas de cerveza para meter mensajes dentros, susurraremos a la noche que nunca se acabe para poder seguir pegados a la pantalla escribiendonos toda la vida,...
Piensa en lo más irreal que se te ocurra y conviértelo en inolvidable.
Es fácil, es un juego más para perder el tiempo que tenemos juntos. Todo ese tiempo que es nuestro.

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Podría decir tantas cosas que al final me quedo sin nada que decir. Siempre es lo mismo, mil historias que repiten el final. Y aún teniendo la certeza, siempre ansiamos escuchar otra historia para saber si habrá algún desvío de palabras, o un doble sentido, que de la vuelta a todo lo que conocíamos.