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sábado, 8 de enero de 2011

Puedo escribir los versos más tristes esta noche, pero me los reservo para cuando levantes la mano y me digas adiós, con la misma delicadeza que un pañuelo mojado cayendo sobre la acera.
Tendré que aguantarme la rabia y comerme el orgullo, pero estaré allí, con la mano en alto y la sonrisa en la cara. Aunque sea falsa, aunque sea otra mentira que te regalo. Pero allí me tendrás. Y no lloraré. Ni entonces, ni antes, ni después. 
Me desgarraré la voz, quebraré mis nudillos y andaré por las paredes, pero no lloraré.
Llorar es de débiles, y mi misión era enseñarte a ser fuerte.
Tienes ya casi 5 años, y yo, casi 15. Son esos diez años de distancia los que harán que no te des cuenta de que siempre estaré para ti.
Pero me da igual, porque sé que ahora estás en tu camita, descansando, sin que nadie pueda perturbar tus sueños. Y sé que a eso le quedan muchos días de ser así.
Así que está noche estoy tranquila, y la noche de mañana también lo estaré. Porque cuando llegue el día en que tenga que dormirme preocupada, estaré preparada para decirme a mi misma: "Tranquila. Recuerda  que tu le has hecho fuerte"

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Podría decir tantas cosas que al final me quedo sin nada que decir. Siempre es lo mismo, mil historias que repiten el final. Y aún teniendo la certeza, siempre ansiamos escuchar otra historia para saber si habrá algún desvío de palabras, o un doble sentido, que de la vuelta a todo lo que conocíamos.