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lunes, 27 de diciembre de 2010

Una vida sin espejos

Hay dos maneras de conocerse a uno mismo: la interior y la exterior.
Nos conocemos exteriormente cuando sabemos que somos morenas, altas, con los ojos verdes, o todo lo contrario. Nos conocemos exteriormente cuando tenemos un espejo delante. ¿Y sabes qué? Resulta estúpido, porque nos fiamos de un reflejo que nos dice que somos así, pero, ¿cómo estamos seguros?
Conocerse interiormente es saber quienes somos. ¿Qué más me da saber que soy rubia si mañana puedo despertarme sin pelo, o simpleente, no despertar? Me importa más saber que he aprovechado mi tiempo. Que he reido, he llorado y he gritado hasta quedarme afónica. Para bien o para mal. Me importa más saber que soy buena amiga, que se escuchar y ser paciente, pero también sé sacar las uñas.Que a buenas soy la mejor y a malas, joder, también.
Al fin y al cabo, la gente me va a recodar por lo que hize, por quien era yo y como hize para ser quien fui. No van a acordarse de si era guapa o de si era gorda, pero sí se van a acordar de que cuando ellos lloraban, yo siempre tenía un pañuelo en la mano.

Si no hubiera espejos, si no nos vieramos la cara reflejada en una superficie deforme, seguiriamos siendo quienes somos. 
Quizas, un poco más nosotros.

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Podría decir tantas cosas que al final me quedo sin nada que decir. Siempre es lo mismo, mil historias que repiten el final. Y aún teniendo la certeza, siempre ansiamos escuchar otra historia para saber si habrá algún desvío de palabras, o un doble sentido, que de la vuelta a todo lo que conocíamos.