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jueves, 15 de abril de 2010

El día empezó como otro cualquiera. El cielo rojizo cubria nuestras cabezas, tiradas por la suave arena. La salida del Sol delante de nuestros ojos, el canto de los pájaros despertando & la dureza de las olas rompiendo en la costa. Una nueva imagen para guardar en el reproductor de los recuerdos.
Su mano fría sobre mi cuerpo era espeluznante, pero decidi no moverme para no despertarle. Su pelo rubio pringado con arena resultaba seductor. Él no sentía la necesidad de peinarse. Me había sentido impaciente muchas veces, pero por ver la sonrisa de alguien una vez más, no. Esa era la primera vez.
La brisa empezó a caldearse, & su mano también, hasta quedarse aglutinada a mi piel. El calor empezaba a ser sofocante, y con todo, decidi separarme de su lado para lanzarme sobre las profundas aguas que habia delante de mis ojos. Fui rápida. Más rápida que un pestañeo. Más rápida que el vuelo de un águila. Pero aún habiendo sido más rápida que la sombra de una gacela, cuando salí a la superficie, él ya estaba sentada esperando. Me saludo con la mano y yo, yo, como una loca enamorada, buceé hasta que pude pisar con mis pies las dura piedras que se ocultaban bajo el agua.
Corrí. Sentía el frio corriendo por todo mi cuerpo, pero no me importaba.
Sólo son estúpideces de enamorados

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Podría decir tantas cosas que al final me quedo sin nada que decir. Siempre es lo mismo, mil historias que repiten el final. Y aún teniendo la certeza, siempre ansiamos escuchar otra historia para saber si habrá algún desvío de palabras, o un doble sentido, que de la vuelta a todo lo que conocíamos.